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Emilio Castejón Vilella
  Prevención por objetivos
  Hace algunas semanas, a finales de marzo de este año, la Escuela de Negocios McDonough, de la prestigiosa universidad de Georgetown, cerca de Washington DC, organizó una "cumbre" de la seguridad en el trabajo ("Workplace Safety Summit",www.msb.edu/pro/gbei/safety_summit.html) a la que asistieron, como era de esperar, destacadas personalidades norteamericanas relacionadas con la cuestión.


Para muchos, sin embargo, el conferenciante invitado "estrella" fue una sorpresa: el secretario del Tesoro norteamericano, Paul O'Neill. ¿Qué hacía un ministro de Economía en un foro como aquél? Si fuera de Trabajo la cosa sería más comprensible; pero, ¿de Economía?

Sin embargo, para los asistentes que conocían la trayectoria de O'Neill, su presencia no tenía nada de sorprendente. Tras ocupar varios altos cargos en la administración federal norteamericana entre 1961 y 1977, fue nombrado vicepresidente de una empresa papelera, donde permaneció hasta 1987, desempeñando los dos últimos años el cargo de presidente. El éxito de su gestión le valió ser nombrado presidente y consejero delegado de ALCOA, una vieja (más de cien años) y renqueante gran multinacional norteamericana dedicada a la fabricación de aluminio y sus derivados. Durante su presidencia (que terminó en diciembre del año 2000) ALCOA ha sufrido una transformación que se estudia en las escuelas de negocios como ejemplo de buena gestión del cambio.

Cuando, recién nombrado presidente, a las seis y media de una mañana de junio de 1987, O'Neill llegó a su nuevo despacho de ALCOA, en las afueras de Pittsburgh (Pensylvania), llevaba en la cartera una hoja de papel en la que había escrito lo que esperaba habían de ser los puntos clave del segundo siglo de vida de la compañía a la que acababa de incorporarse. En el primer lugar de la lista se encontraba la seguridad. Habida cuenta de que en esa época ALCOA ya era la compañía con menor siniestralidad de su sector, la prioridad otorgada por O'Neill a la cuestión podía parecer exagerada.

Contrariamente a lo que podría imaginarse, para O'Neill no son las ventajas económicas directas de la seguridad lo que le lleva a considerarla un tema prioritario. En una ocasión dijo a los responsables financieros de la empresa: "Si alguna vez calculan ustedes cuánto dinero nos ahorramos gracias a nuestra excelencia en seguridad y salud, considérense despedidos". Para O'Neill la seguridad no es una prioridad de gestión, sino un requisito previo; una cuestión de valores humanos. Como prueba de la firmeza de esa convicción, durante el mandato de O'Neill el índice de frecuencia de ALCOA bajó desde 1,86 a 0,14 accidentes con baja por cada 200.000 horas trabajadas.

A pesar de los años y de su cambio radical de ocupación, O'Neill sigue teniendo ideas revolucionarias respecto a la seguridad. La última, presentada en la cumbre de la que hemos empezado hablando: sustituir la legislación preventiva por un pacto que estableciese un objetivo nacional de siniestralidad aplicable a todas las organizaciones del país, un objetivo de siniestralidad medido a través de un índice fácil de calcular, tal como el índice de frecuencia y, obviamente, bastante más bajo que la siniestralidad media actual. Y al cabo de dos años, la que no cumpla, se cierra.

Se trata, en definitiva, de establecer la dirección de seguridad por objetivos para todas las organizaciones. ¿Qué bonito, verdad?

De todas formas habría que ver lo que propondría el Sr. O'Neill si algún día lo nombrasen ministro de Trabajo. Igual cambiaba de opinión. O, a la vista de su trayectoria, quizá no. Y en ese caso, más de uno se echaría a temblar.

  Emilio Castejón Vilella
Director del Centro Nacional de Condiciones de Trabajo


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