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EL PAIS,
domingo 15 septiembre del 2002
La
siniestralidad laboral en España, sin restar un ápice
a la gravedad de la situación, ha evolucionado, en el último
decenio, positivamente. Se ha producido, pese al aumento de la tasa
de siniestralidad, una ligera disminución de los accidentes
graves y mortales. Dentro de éstos, además, la primera
causa de mortalidad deriva de patologías no traumáticas
(sobre todo cardiovasculares) y la segunda de accidentes de tráfico
(ambas representan la mitad aproximadamente de los accidentes mortales).
Por otra parte, aumentan los accidentes cuyo origen puede ser o
no laboral y disminuyen aquellos que son inequívocamente
laborales (la causa de accidentes que más ha aumentado es
la de los sobreesfuerzos). Además, en algunas comunidades
autónomas, la puesta en marcha de planes específicos
ha permitido una mejora significativa de la situación.
Esta evolución se ha visto confirmada por la mejora de la
situación comparativa de España en el ámbito
europeo. Este mismo año, las estadísticas europeas
situaban a nuestro país en el cuarto lugar en cuanto a incidencia
de la siniestralidad laboral, por detrás de Dinamarca, Suecia
y Bélgica (EL PAÍS, 28 de abril 2002).
Ha bastado, sin embargo, un repunte de los accidentes mortales en
los últimos meses para que vuelvan a encenderse las alarmas
y a sembrarse las dudas. Tales accidentes han servido, desgraciadamente,
para sacudir de nuevo las conciencias y para que la seguridad y
la salud en el trabajo vuelva a ocupar un puesto central en las
preocupaciones políticas y sociales.
¿Por qué la alta siniestralidad que padecemos? No
valen las respuestas conformistas (hay más crecimiento económico
y, por tanto, más accidentes) ni las simplistas (la contratación
temporal y la precariedad son la causa de los accidentes). En cuanto
a lo primero, no existe ninguna evidencia empírica que permita
establecer una relación directa entre crecimiento y siniestralidad.
En cuanto a lo segundo, si bien existe una asociación estadística
entre temporalidad y siniestralidad, se trata de una relación
compleja cuyo análisis permite descartar que una reducción
de la temporalidad sea capaz, por sí sola, de reducir el
riesgo de accidentes.
Las razones son más complejas y tienen que ver con las características
de nuestro sistema productivo (la segmentación del mercado
de trabajo, la creciente descentralización de actividades
y la consiguiente segmentación del tejido empresarial), con
unos planteamientos normativos centrados más en la reparación
de las consecuencias del accidente que en la evitación del
mismo, con unos déficit formativos y culturales importantes,
y con una legislación de prevención compleja e indiferenciada.
La complejidad induce al cumplimiento más formal que sustancial
de la misma y la indiferenciación dificulta ese cumplimiento
en las pequeñas empresas.
Teniendo en cuenta estas razones, el informe que sobre este tema
me encargó el presidente del Gobierno y que elaboró
un grupo de expertos bajo mi coordinación (Informe Durán),
formula propuestas de distinto contenido y alcance. Propuestas hasta
ahora debatidas en el Parlamento, por los agentes sociales y por
los expertos, pero que no se han traducido en medidas concretas.
De entre ellas, quiero destacar, aparte del reforzamiento y la especialización
de la inspección, de la coordinación de actuaciones
con las comunidades autónomas y de la formulación
de planes específicos que concentren esfuerzos en actividades
y empresas con elevados índices de siniestralidad (que han
dado resultados muy positivos en varias comunidades autónomas),
la importancia de la formación y de la investigación.
Hay que conseguir que la cultura preventiva implique a toda la sociedad
y que empresarios y trabajadores la asuman con naturalidad en el
seno de la empresa. Y hay que primar las investigaciones que permitan
mejorar la seguridad de los instrumentos de trabajo y de los sistemas
productivos.
Hay también que promover económicamente la prevención,
a través de medidas fiscales, administrativas y comerciales,
y revisar la normativa reguladora de la actuación de los
distintos agentes que intervienen en la prevención, para,
por una parte, afrontar las consecuencias de la nueva estructura
productiva (exigiendo mayor coordinación empresarial y aclarando
responsabilidades en caso de subcontratación), y por otra
evitar la tendencia al cumplimiento puramente formal de la normativa
y facilitar la aplicación de la misma en las pequeñas
empresas.
Algunas de estas medidas sólo producirán efectos a
medio plazo. Pero no por ello son menos urgentes. Recuerdo la anécdota
del militar inglés que, vuelto de la India, entregó
unas semillas a su jardinero. Cuando le preguntó al cabo
de los días si las había sembrado, y el jardinero
le contestó que no se preocupara, que se trataba de árboles
que tardaban cien años en crecer, le amonestó: entonces,
siémbrelas esta misma tarde.
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