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Atacar
las causas
Autor:Cándico
Méndez
Secretario general de UGT.
EL
PAIS, domingo 15 septiembre del 2002
La Ley
de Prevención de Riesgos Laborales, que entró en vigor
hace siete años, es una normativa adecuada si no fuera porque
para el Gobierno es como si no existiera. La escasa voluntad para
su puesta en práctica, unido al incumplimiento reiterado
de la misma por parte de empresarios y administraciones públicas,
está propiciando que nuestro país siga manteniendo
la tendencia alcista en accidentes laborales, muchos de ellos graves
y mortales (en España mueren al día 4 personas). Las
cifras empeoran si tenemos en cuenta aquellos accidentes laborales
que no se contabilizan como tales. Es el caso de los siniestros
que sufren los trabajadores autónomos, el 20% de la población
activa ocupada, excluidos de las estadísticas oficiales.
Según cálculos de la UPTA de UGT, muere un autónomo
por accidente profesional cada día de trabajo.
El Gobierno, de forma apresurada, ha tenido que salir al paso del
eco informativo, provocado por la gran cantidad de muertes producidas
en los últimos meses (789 muertos y 7.373 accidentes graves
en el primer semestre de 2002) y ha anunciado un paquete de medidas
para combatir la siniestralidad. Sin embargo, de nada servirán
mientras continúe con una política económica
que, día a día, degrada más el mercado de trabajo
y lejos de combatir la cultura de la precariedad la fomenta; no
servirán de nada si sigue incumpliendo su obligación
de velar para que se cumpla la Ley de Prevención de Riesgos
Laborales.
Para combatir la siniestralidad hay que atacar sus causas, y la
primera de ellas es la precariedad. El perfil del accidentado es
un joven, con contrato precario y que trabaja en empresas con menos
de cien empleados. En 2000, los accidentes de trabajo, con baja
en jornada laboral, entre trabajadores menores de 24 años
y con contrato temporal fueron del 81,3%, frente al 18,7% de los
indefinidos en este tramo de edad. Una situación que seguro
se ha agravado en 2001 y 2002 -según los últimos datos
oficiales por tramos de edad- por el mayor deterioro del mercado
laboral, como consecuencia de la Reforma Laboral de 2001 y el decretazo
de 2002, impuestos por el Gobierno. Ambas normativas, a espaldas
de la Ley de Prevención de Riesgos Laborales, fotografían
sin equívocos la política económica del Ejecutivo
y son la prueba irrefutable de las continuas contradicciones entre
lo que dice y lo que, en realidad, hace. Ambas son malas influencias
para la seguridad de los trabajadores porque apuestan por mano de
obra barata, al servicio de empresarios que buscan beneficios a
través del ahorro en costes laborales, y propician un contexto
laboral adverso para la prevención de riesgos laborales (cada
vez prolifera más la subcontratación, las Empresas
de Trabajo Temporal y la 'autonomización' de determinadas
actividades, tradicionalmente incorporadas en plantilla). En los
sectores donde más se da esta situación (construcción
y servicios) es donde se registra mayor número de accidentes.
El decretazo, además de abaratar el despido, obliga a los
desempleados, bajo amenaza de perder el subsidio, a aceptar cualquier
puesto de trabajo que considere el Inem, aunque esté a 30
kilómetros de su casa y la 'oferta' sea un empleo precario
y que sólo dure unos días. La reforma laboral no frena
la precariedad; es más, los contratos temporales continúan
creciendo mientras los indefinidos se estancan. Para evitar esto
y que continúe creciendo la siniestralidad, UGT presentó
una Iniciativa Legislativa Popular (ILP) para la Estabilidad y la
Seguridad en el Empleo, en septiembre de 2001.
Esta iniciativa apuesta por la contratación indefinida, como
regla general, con el convencimiento de que un empleo estable y
con derechos es la mejor garantía para reducir los accidentes
laborales. La ILP defiende: limitar la contratación temporal
a los supuestos que estén justificados; evitar que la subcontratación
sirva para eludir responsabilidades empresariales y burlar derechos
de los trabajadores; acabar con la cesión ilegal de trabajadores
de una empresa a otra; hacer que el contrato a tiempo parcial sea
voluntario y no la única alternativa para poder trabajar;
garantizar la salud y seguridad en el trabajo; y reducir la jornada
a 35 horas semanales, para mejorar las condiciones de trabajo en
las actividades más peligrosas.
La ILP es una puerta abierta a la esperanza porque sitúa
la siniestralidad laboral en el debate parlamentario y restablece
la prioridad de resolver esta lacra social. El Gobierno no debe
cerrar en falso este debate y debe poner todos los medios para evitar
más muertes, aunque ello suponga cambiar su 'política
empresarial'.
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