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No se
acuerda de cómo ocurrió", explica María
José, un ama de casa de 34 años que desde hace tres
semanas permanece junto a su marido en un hospital cercano a Barcelona.
Salvador Cebrián Mateo, de 33 años, se cayó
el 9 de septiembre de un andamio situado en un tercer piso cuando
trabajaba en las obras de unas viviendas en Mataró. Inmediatamente
fue trasladado a un centro sanitario en estado inconsciente, con
traumatismo craneoencefálico y fracturas en la cadera y un
codo. Dos semanas después volvió a entrar en el quirófano
para una operación de pelvis.
Hoy,
María José, madre de dos niños de 6 y 2 años,
dice que sólo puede esperar y tener paciencia, tras enumerar
la retahíla de males que padece su marido: "Un montón
de costillas rotas, un coágulo al lado del pulmón,
fractura en un brazo, roto el último hueso de la columna..."
Salvador, que sólo llevaba dos años trabajando en
la construcción, "no se acuerda de nada, no se explica
qué pasó, cómo pudo caerse", insiste la
mujer.
Desconoce
cuál era exactamente la labor de su marido en la obra o si
había algo irregular en el edificio, pero asegura que por
el hospital no ha pasado nadie a preguntar. Nadie se ha molestado
por la situación de la familia, "ni instituciones, ni
sindicatos. La empresa, de momento, se está portando bien.
Su jefe vino a visitarnos. Están enviando el salario, porque
yo no puedo ir a buscarlo". ¿Se ha hablado de indemnización?
"De momento, no, porque hay que ver cómo evoluciona
mi marido."
Salvador
es uno de los cerca de 70.000 trabajadores de toda España
que han sufrido algún accidente grave en sus puestos de trabajo
en los nueve meses que llevamos de año. Otros, como Francisco,
de 41 años, y Ramón, también de 41, no lo pueden
contar. Los dos fallecieron -el 31 de agosto y el 1 de septiembre,
respectivamente- en el hospital de la Vall d'Hebron de Barcelona
a consecuencia de las graves quemaduras que sufrieron durante un
incendio en la planta química de la empresa Cray Valley,
en Mollet del Vallès.
Francisco
y Ramón son dos de los 157 trabajadores que han muerto en
accidente laboral y en accidente laboral "in itinere"
(cuando el trabajador sufre un accidente yendo o viniendo del trabajo)
en lo que va de año, una cifra que convierte a Cataluña
en la comunidad con el índice de siniestralidad laboral mortal
más elevado de España, donde se han registrado hasta
julio 574 muertes, casi un 10% más que el año anterior.
En esas estadísticas, además de los accidentes "in
itinere", se incluyen los que sobrevienen en el puesto de trabajo
a consecuencia de determinadas enfermedades, como puede ser un infarto
de miocardio. Las trágicas cifras no constan los accidentes
sufridos por trabajadores autónomos.
Localizar
a los familiares de estas víctimas mortales es una ardua
e ingrata tarea. UGT asegura que casi nadie desea hablar, porque
los afectados llegan a acuerdos económicos con las empresas,
sin intermediarios. "Los empresarios pagan incluso más
de lo estipulado para que los damnificados no remuevan el asunto",
explican fuentes sindicales.
Según
UGT, el perfil del accidentado es el de un joven con contrato en
precario y que trabaja en empresas con menos de 100 empleados. En
el año 2000, el 81,3% de los accidentes de trabajo causantes
de baja laboral afectaron a empleados menores de 24 años
y con contrato temporal; es decir, sólo el 18,7% de los accidentados
en ese tramo de edad gozaba de contrato indefinido.
En
España, las estadísticas indican que cada día
laborable mueren cinco trabajadores (uno de ellos en Cataluña)
y otros cinco quedan inválidos como consecuencia de un accidente
en su puesto de trabajo. Un balance de víctimas que, según
muchos especialistas, sólo se da "en una situación
de guerra". De momento, los sindicatos han puesto el grito
en el cielo y exigen medidas inmediatas, los políticos siguen
con su rifirrafe en busca de culpables y la patronal clama que "cumple
a rajatabla" las medidas de prevención y que "sigue
sin ver clara la relación" entre contratos temporales
y siniestralidad.
Josep
Espluga, profesor de Seguridad y Salud Laboral del departamento
de Sociología de la UAB, asegura que lo ocurrido este verano
en Cataluña "no es nada excepcional". Quizá
existe ahora "una mayor visibilidad sobre el tema". Y
explica que una de las teorías ante la escasa alarma social
que provocan las altas cifras de la siniestralidad es que "la
gente acepta que trabajar es igual a trabajar en malas condiciones".
Espluga dice que esa actitud que equipara el trabajo con el castigo
y el sufrimiento es "casi bíblica y muy enraizada en
nuestra cultura". Pero se decanta más por la teoría
de que no hay una "rebelión popular porque las empresas
españolas son todavía un ámbito muy poco democrático,
donde no se admiten las quejas o reclamaciones de los trabajadores.
Y menos con los actuales contratos".
Una
situación en aumento
Este
sociólogo denuncia que la situación es catastrófica
y tiende a aumentar: "Desde que, en 1994, se aplicaron las
primeras reformas laborales para flexibilizar el mercado de trabajo
y empezaron a aparecer los contratos en precario, los accidentes
han aumentado." Y hace hincapié en que se producen tres
veces más accidentes con contratos temporales que con fijos.
Para
Espluga, la normativa actual es coherente, pero difícil de
llevar a la práctica, porque exige mucha participación
de los trabajadores frente a unas empresas "muy autoritarias".
Por tanto, una de las
soluciones
a corto plazo sería aumentar la plantilla de inspectores
de trabajo. "No es casual que haya tan pocos inspectores, una
situación que procede de los pactos de la transición
-explica-. Mantener un cuerpo reducido permitía a los empresarios
seguir trabajando en una cierta economía sumergida sin que
nadie molestara." Según Espluga, sólo el 30%
de las empresas empieza ahora a cumplir las normas de prevención
y riesgo laboral. "Pero no todas son iguales. Las pequeñas
tienen un estrecho margen de maniobra, por lo que son las que cumplen
menos las leyes", matiza.
Una
opinión que no comparte el ingeniero industrial e inspector
de Trabajo Javier Crespán, porque cree que la siniestralidad
laboral sólo se reducirá cuando los empresarios asuman
que la prevención es otra faceta más de la gestión
empresarial. ¿Los directivos prefieren pagar la multa antes
que adecuar sus instalaciones? "La empresa que cree que la
prevención es sólo aplicar la ley y no una faceta
más de su gestión prefiere pagar la sanción,
que es ínfima".
En
su despacho de la Inspección de Trabajo en la Travessera
de Gràcia de Barcelona sostiene indignado que la precariedad
laboral sí tiene que ver con los accidentes laborales, y
lamenta que todas las campañas de prevención se dirijan
a los trabajadores, y no a los empresarios. "Es un problema
de todos, pero las instituciones se gastan el dinero en decirle
al trabajador que no se juegue la vida, pero no le dice nada al
empresario de que debe garantizar la salud de sus trabajadores",
como exige el artículo cuarto de la ley de Prevención
de Riesgos Laborales, aprobada en 1995. Pero la siniestralidad laboral
española sigue doblando, a día de hoy, la de la UE.
Actualmente
existen 79 inspectores de trabajo en la provincia de Barcelona,
los mismos que hace ocho años, y 107 en Cataluña,
además de una cincuentena de técnicos en prevención
dependientes directamente de la Conselleria de Treball de la Generalitat.
Según los sindicatos, en España hay un inspector por
cada 27.000 trabajadores, un ratio muy alejado de la media europea.
Pocos
inspectores
Lluís
Franco, conseller de Treball, en un intento de frenar las duras
críticas que está recibiendo su departamento, ha anunciado
que ampliará la plantilla de inspectores. Pero Crespán
responde que Franco "no sabe de qué habla", porque
en la oferta de empleo público para el 2002 hay convocadas
"¡26 plazas de inspectores para toda España!".
En su opinión, la decisión de Treball demuestra "que
el conseller cree que los empresarios sólo entran en el redil
cuando se les amenaza".
Para
este inspector, curtido con la experiencia diaria, no hace falta
otra ley de prevención, sino cumplir la que ya existe, porque
el problema radica en que el empresario no ve la prevención
como una faceta más de la gestión de una empresa.
"Sólo hace falta darse una vuelta por los másters
que se imparten. Todos hablan de calidad y productividad, pero no
de prevención. Algunos ejecutivos de nuestras empresas sólo
han hecho un cursillo de tres horas sobre salud laboral." Y
recuerda el discurso que dio el president Pujol en 1995 en unas
jornadas organizadas por el Consell de Seguretat i Salut Laboral:
"Las empresas de otros países nos ganan en dos aspectos:
primero, son más competitivas y segundo, son más seguras.
Señal, pues, de que la competitividad y la productividad
no están reñidas con la prevención".
La
psicóloga y especialista en Riesgos Laborales Maria Àngels
Carrión, sostiene, por su parte, que los accidentes laborales
son consecuencia de "la espectacular falta de cultura preventiva
de nuestro país", no sólo por parte del empresario,
sino también del trabajador, de la gente normal. Por tanto,
lo fundamental es "lograr el cambio de actitud de todos los
implicados. La prevención se ve como una carga, como algo
anecdótico, como si hubiera sólo que cumplir el expediente
cuando pasa algo", asegura. Además, el empresario debe
asumir de una vez por todas que la prevención "es una
inversión, aunque a corto plazo considere que representa
un gasto", concluye.
Desde
el Colegio de Psicólogos se insiste en que es necesaria la
formación desde pequeños, porque la noción
de prevención "no se crea de un día para otro,
ni en seminarios de tres días. ¡Uno no se hace médico
con un curso de 20 horas!", exclama Carrión, que lamenta
que, por ejemplo, en la carrera de Ingeniería la asignatura
de Seguridad e Higiene en el Trabajo se tilde de "maría".
"Los profesores en Informática deberían enseñar,
además de la teoría, la postura del cuerpo, la posición
de las manos y de las muñecas, para evitar males posteriores,
como el síndrome carpiano o los terribles dolores de espalda."
Desde este punto de vista, la formación preventiva debería
empezar con los niños de cinco años en la escuela.
Como
defiende la psicóloga, los costes por no aplicar las medidas
de seguridad en el trabajo acaban, al fin y al cabo, siendo altísimos.
En el 2000, por ejemplo, el gasto sanitario y en horas de trabajo
perdidas por el casi millón de accidentes registrados fue
de unos seis millones de euros el día.
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