La
educación profesional en España
Repaso de la evolución de la formación profesional
en España durante los últimos años y una
comparación con otros países de la Unión
Europea. A pesar de las subvenciones son pocas las empresas españolas
que dan formación a sus empleados en comparación
con Europa.La escasa formación profesional conlleva trabajadores
menos cualificados y de ahí una de las preocupaciones de
las asociaciones empresariales.
AUTOR:
Juan Carlos Rodrígez, profesor asociado de Sociología, Universidad Complutense. Publicado en Cinco Días.
Uno
de los defectos de la discusión pública en bastantes
países occidentales es el de la escasa atención
a los resultados de las políticas como criterio de juicio
sobre éstas, lo cual es especialmente notable en el campo
de la enseñanza, sobre todo en Europa, y en España.
Lo
que vale para la enseñanza general también se aplica
a la profesional. Una de las finalidades del estudio La educación
profesional en España, del autor de estas líneas
junto con Víctor Pérez-Díaz (Fundación
Santillana, 2002), es señalar esa carencia y aun con datos
gruesos, los disponibles, apuntar las dudas que la consideración
de los resultados despierta acerca de la bondad de las instituciones
que proporcionan esa formación, tanto la de ciclo largo
o reglada, como la de corto.
La
formación de ciclo largo está regulada por la Logse
de 1990, que hoy se aplica ya a pleno rendimiento. En comparación
con la antigua formación profesional, las cifras de matriculados
han caído, algo esperable dado el diseño del nuevo
modelo. Así, si la matrícula al comenzar los noventa
rondaba 850.000 alumnos en FPI y 475.000 en FPII, en la actualidad
las cifras parecen consolidarse en torno a 225.000 en cada cielo.
De igual manera, han caído las cifras de titulados, desde
los 100.000 titulados en FPI a los actuales 40/50.000 en CFGM,
y desde los 75180.000 de FPII a los 50/60.000 de los CFGS, según
nuestras estimaciones.
También
han caído las cifras de matriculados en bachillerato, algo
lógico pues el actual dura dos cursos menos. Aun así
siguen siendo más los matriculados en bachillerato (660.000
según lo previsto para el cursó 2002/03) que en
formación profesional (unos 450.000), y son más
también los titulados, unos 150/180.000 en el curso 2001-02.
Aunque
la proporción de matriculados en formación profesional
sobre el total de la secundaria superior haya aumentado algo recientemente,
no parece que vaya a darse el vuelco que nos equipare con la mayoría
de los países de la UE, en los que predomina la formación
profesional (si es que esto es deseable).
Desde
el punto de vista de las especialidades que se cursan, la formación
de ciclo largo ha continuado la tendencia iniciada en los setenta,
de modo que se trataría menos de una formación industrial
que de servicios, tanto en los ciclos de grado superior (70% de
la matrícula) como, menos, en los de medio (60%). Tal concentración
en las ramas de servicios (sobre todo, en las administrativas)
puede ser problemática, pues nunca parecen haber sido especialmente
demandadas por las empresas, desde luego no en la medida en que
sí lo han sido las industriales. Quizá la preparación
más apropiada para el sector servicios tenga su lugar menos
en la formación profesional y más en la enseñanza
media o superior de carácter general (o especializada).
Así lo sugieren las dificultades de adaptación a
la economía de servicios de -un sistema de formación
tan admirado como el alemán.
Si
es así, no extraña que, con frecuencia, las asociaciones
empresariales recuerden la escasez de trabajadores con calificaciones
industriales en zonas cómo el P-Mis Vasco. Estos desajustes
son normales, dado el reducidísimo margen de maniobra de
los centros para adecuar su oferta a su entorno próximo,
a lo que tampoco parecen contribuir mucho instituciones como las
comisiones provinciales de formación profesional, con participación
de Administración y agentes sociales. El inferior número
de titulados en el modelo actual redundaría, a su vez,
en esas carencias locales. Tampoco extraña que una proporción
notable (30%) de los titulados en formación profesional
(eso sí, la mayoría según la regulación
anterior) que trabajan en el sector privado afirme que sus calificaciones
formales son superiores a las requeridas por su trabajo. En esto,
sin embargo, no se distinguen de los universitarios ocupados.
Además,
habría que poner las cifras de matriculados y titulados
en relación con el coste de la formación. El coste
anual de un alumno de formación profesional en un centro
público puede estimarse en unos 3.000 euros en 1999, y
en unos 3.150 en un centro privado (buena parte, subvencionada).
Esas cantidades se acercan al coste medio por alumno en la universidad
pública (unos 4.000 euros en el año 2000).
En
cuanto a la formación de ciclo corto, cabe distinguir la
dirigida a desempleados (ocupacional) y a ocupados (continua).
Ambas son objeto de políticas públicas de impulso
o de provisión directa, con dos programas principales:
Plan de Formación e Inserción Profesional (Plan
FIP) a través del cual proporcionan formación a
desempleados tanto el Inem como las comunidades autónomas,
y Forcem, fundación que administra los fondos públicos
para la formación continua. Al amparo de ambos se ha producido
un enorme crecimiento de las cifras de alumnos y de los dineros
públicos empleados, así como una notable participación
de los agentes sociales en su manejo.
Los
matriculados en cursos de formación ocupacional han pasado
de 60.000 anuales a mediados de los ochenta a 300.000 actuales.
La financiación creció, sobre todo, en la segunda
mitad de los ochenta, aprovechando la procedente del Fondo Social
Europeo: de 450 millones de euros hacia 1985 a 900 millones en
1992 y a 1.200 en 2000. De éstos, gran parte es intermediada
por sindicatos y organizaciones empresariales, con mucha mayor
intensidad en comunidades como Castilla - La Mancha que en comunidades
como la del País Vasco.
Respecto
de la utilidad de este gasto, contamos con algún estudio
del Inem sobre la s tasas de inserción laboral de los parados
que aprueban cursos del Plan FIP en comparación con la
de otros parados de características similares. Las de los
primeros son apenas más elevadas que las de los segundos:
en 1998, los porcentajes respectivos de colocación hasta
el fin del año siguiente al de recibir el curso o de estar
inscritos en el Inem. eran de 68% y 59%. Parece poco, teniendo
en cuenta los notables costes de la formación, ocupacional,
unos 2.600 euros por alumno matriculado en 1998, algo inferiores
a los de la formación de ciclo largo, pero con muchas menos
horas (de 200 a 400 frente a 800 a 1.000 horas). La desproporción
es aún más notable en el caso de las escuelas taller
y casas de oficio, cuyos alumnos (69.000 en el ano 2000) costaban
5.160 euros per cápita en 1998 y 6.900 euros en el año
2001.
Respecto
a Forcem (hoy Fundación Tripartita para la Formación
en el Empleo), en lo esencial, se trata de que actores sociales
organizados (sindicatos, asociaciones empresariales) manejan con
bastante autonomía los fondos públicos de la formación
continua, que sirven para financiar planes de formación
o permisos individuales de formación, o acciones complementarias,
orientadas a la provisión de materiales y estudios. Los
dineros proceden del Fondo Social Europeo y de, al menos, la mitad
de la cuota de formación profesional que obligatoriamente
aportan empresarios y asalariados. Esos actores tienen reconocida
gran capacidad de iniciativa en la solicitud de subvenciones,
bastante arbitrio en su concesión, y, además, canalizan
gran parte de aquéllas, bien como proveedores directos
de formación, bien subcontratando con otras empresas. Por
ejemplo, al finalizarlos noventa, las fundaciones establecidas
por UGT y CC 00 para tareas de formación ingresaban unos
60 millones de euros al año.
Las
cifras de alumnos formados son, en apariencia, apabullantes. El
número de participantes en planes de formación certificados
(en principio, acreditados por quienes ofrecen los cursos) ha
crecido de casi 300.000 en 1993 a 1,5 millones en 2000. Sobre
el número real de alumnos formados, sin embargo, han surgido
dudas fundadas, planteadas por el Tribunal de Cuentas, que ha
observado serios problemas en la acreditación de esa participación
en la justificación de los gastos subvencionados. Con todo,
la proporción de empresas que recibe estas ayudas es reducida:
un 6% de las de cinco trabajadores o más en 1999, según
la Encuesta de Formación Profesional Continua.
Forcem
maneja hoy fondos cercanos a 620 millones de euros al año.
La subvención por participante certificado ronda los 300
euros, para cursos de unas 40 horas, lo cual supone un coste equivalente
o algo superior al de la formai6n ocupacional. Empresas, formadores
y trabajadores muestran elevada satisfacción con las actividades
de Forcem en las encuestas que ésta ha llevado a cabo,
si bien los juicios se expresan sin consideración de los
costes.
A
pesar de esas subvenciones, en España siguen siendo pocas
las empresas que dan formación a sus empleados, en comparación
con los demás países europeos. Según la encuesta
citada, aunque la proporción había aumentado desde
1993, en 1999 sólo eran formadoras el 28% de las empresas
de cinco trabajadores o más, con España en penúltimo
lugar (delante de Portugal) de los 12 países para los que
hay información. Esas empresas habrían incurrido
voluntariamente en costes de unos 1.600 millones de euros en 1999
para dar cursos de formación, esto es, unos 970 euros por
participante al año, de los que unos 120 procederían
de ayudas públicas. En conjunto, habrían recibido
unos 155 millones de euros por esas ayudas,.cifra bastante lejana
de los 439 millones de euros dispensados por Forcem como financiación
certificada ese año.
Esto
sugiere, con las debidas cautelas, - varias explicaciones: que
la diferencia se deba, sobre todo, a la ausencia de las empresas
de menos de cinco trabajadores en la encuesta, que gran parte
de la formación la contraten directamente entidades distintas
de las empresas, y/o que los costes de intermediación sean
muy elevados.
En
definitiva, sería conveniente mayor presencia de los argumentos
acerca de la, eficiencia y la eficacia de la formaci6n profesional,
tanto en la discusión pública española como
en la de otros países.
Si
la formación reglada española presenta problemas
como falta de adecuación a las calificaciones demandadas
en el mercado, caben soluciones, probablemente en la línea
de mayor flexibilidad del sistema gracias a una mayor autonomía
y responsabilidad de centros y estudiantes. Pero para plantearlas
hace falta empezar a poder responder preguntas básicas
como: ¿quién paga la formación? ¿cuánto
cuesta? ¿cómo se reparten sus costes? ¿cuáles
son sus resultados? ¿quién se beneficia realmente
de esa formación? Las mismas preguntas valen para la formaci6n
de ciclo corto. En este artículo y en el libro mencionado
las planteamos y ofrecemos unas primeras respuestas, cuyo fin
es, sobre todo, animar el debate sobre estas cuestiones.