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Trabajar: un placer agotador

Los españoles dicen estar satisfechos con su empleo, pero la mitad sufre estrés laboral.

AUTOR: Mariano Guinda
Publicado en La Vanguardia, Sección Dinero

Si usted está satisfecho con su empleo, va cantando a trabajar, al final de su jornada laboral se va a tomar unas cervezas con los compañeros y se siente realizado con la actividad que desempeña, ¡enhorabuena!: pertenece usted a la mayoría. Si por el contrario se encuentra frustrado, no se habla con su compañero y le importa un pimiento lo que hace, ¡preocúpese!: se encuentra entre la minoría de inadaptados.

Esta podría ser la principal conclusión de la Encuesta de Calidad de Vida en el Trabajo (ECVT 2002) que elabora por cuarto año consecutivo el Ministerio de Trabajo. En ella se afirma que nueve de cada diez trabajadores están satisfechos con su empleo. Los principales factores que intervienen en este elevadísimo nivel de satisfacción son el gusto por la reali-zación del trabajo (un 26%), el compañerismo (11,2%), el sueldo (8%), y un buen horario (7,4%). El resto obedece a otras motivaciones muy variadas.

Pero, como describe Aldous Huxley en su novela “Un mundo feliz”, no es oro todo lo que reluce. Cuando se hurga en los datos del estudio se comprueba que casi la mitad de los trabajadores confiesa tener estrés laboral. Si bien al mismo tiempo hay una gran parte de españoles que confiesa estar sufriendo el síndrome de dependencia del trabajo, lo que los americanos llaman “workalcoholism”.

Cuando se pregunta a María, trabajadora de Aldeasa, si está satisfecha con su empleo, responde con una chispa de humor, que “depende de los días; por ejemplo, los lunes son fatales”. Pero cuando se habla más en serio es fácil detectar que existe una gran mezcla de sentimientos. Por una parte cree que debería ganar más, trabajar más ordenadamente. Sin embargo, el trabajo se ha convertido en algo fundamental de su vida, disfruta del trato con los clientes, se divierte con sus compañeras y se siente parte de un proyecto. De hecho, la encuesta del Ministerio de Trabajo refleja que siete de cada cien españoles trabajan sin necesitarlo. Lo hacen por placer.

No es algo tan extraño. Diego Muñoz recuerda como su padre cuando fue prejubilado en la empresa siguió levantándose todos los días a las 5.30 para acudir a la puerta de la fábrica y tomar café con sus antiguos compañeros. “No se resignó nunca a no hacer nada.” Lo mismo dice Victoria Menes. “Mi padre tenía un taxi y cuando se jubiló siguió levantándose a la misma hora para coger el autobús y dar vueltas por la ciudad, y el cachondo de él decía que estaba experimentando el placer de que le llevaran en lugar de tener que llevar él a los demás.”

“En más ocasiones de las que pensamos, la empresa se convierte en un sustitutivo de la familia”, afirma Juan Luis Goullon, consejero delegado de Moa Group BPI, empresa que se dedica a ayudar a buscar empleo a los trabajadores que son despedidos en los procesos de regulación laboral, lo que se conoce como “outplacement”. Tal como explica, esta situación queda muy bien recogida en la película de Fernando León, “Los lunes al sol”. “Dejar un empleo es un proceso muy similar a un divorcio. Por eso lo más difícil para recolocar a un prejubilado es el proceso mental para que supere la ruptura de la relación psicológica que mantenía con su empresa.”

Como afirma Spencer Johnson en el ya clásico libro de autoayuda “¿Quién se ha llevado mi queso?”, “el trabajo para algunos equivale a tener cosas materiales. Para otros significa disfrutar de buena salud o desarrollar un sentido espiritual del bienestar, y para la mayoría significa sentirse seguro. Por eso cuanto más importante es el trabajo para ti, tanto más deseas conservarlo”. Esto explica en buena medida la abrumadora mayoría de trabajadores satisfechos con su empleo. Jaume Muelas, miembro del comité empresa de BBVA, afirma que esta necesidad de conservar el puesto de trabajo no es equivalente a sentirse feliz con el empleo. “Los sistemas actuales de trabajo en la banca están produciendo una gran cantidad de bajas por estrés. Las relaciones se han ido individualizando, las jornadas de trabajo son excesivas y lo peor de todo es que se ha introducido la cultura de la competencia con los propios compañeros”. Muelas recuerda como el anterior consejero delegado del banco, Pedro Luis Uriarte, decía que los objetivos que se fijaban a los responsables de sucursal para que pudieran cobrar el “bonus” eran excesivamente ambiciosos, pero la gente los cumplía aunque para ello se tuviera que dejarse la piel. “Al año siguiente se elevaban y esto ha conducido a una situación explosiva que ha quemado a la gente hasta el punto de que las prejubilaciones a los 50 años se ven como una liberación.” .